De tal suerte que ya no sois extranjeros y huéspedes, sino que sois ciudadanos de los consagrados ymiembros de la familia de Dios. (Ef 2,19)
Ἄρα οὖν οὐκέτι ἐστὲ ξένοι καὶ πάροικοι ἀλλʼ ἐστὲ συμπολῖται τῶν ἁγίων καὶ οἰκεῖοι τοῦ θεοῦ.
Ergo iam non estis hospites, et advenæ: sed estis cives sanctorum, et domestici Dei.
Una de las condiciones fuertes y la necesidad de nuestra vida es la pertenencia a una comunidad. La experiencia de la Iglesia abre a cada creyente el espacio de una casa, que al mismo tiempo él mismo crea. Estos vínculos se extienden más allá del horizonte de los acontecimientos, aquí en la tierra. Tienen también su ancla en la comunidad de los santos, en Dios mismo. La Jerusalén celestial es una ciudad con muchas moradas. Que el Señor nos diga a cada uno de nosotros: «Entra en el gozo de tu Señor».
